Vidas imaginarias

Vidas imaginarias

Disfrutaba de mi hora de la comida en un restaurante cercano a la oficina, sentado al lado de la ventana viendo a la gente deambular de aquí para allá, mientras escribía todas las ideas que se amontonaban en la cabeza.

Así pasaba las dos horas que tenía libres antes de sumergirme en mi entretenido trabajo. Las mañanas y las tardes transcurrían entre números y fórmulas matemáticas. Hermanos Butifler S.L. era la pequeña empresa familiar, dedicada al textil, donde ejercía mi profesión para la que estuve poco más de cuatro años estudiando y para la que mi padre trabajó afanosamente. Lo mío no era la contabilidad, yo quería ser escritor, un romántico de las letras y un apasionado de la prosa. Pero mi padre no quería que me faltara de nada en el futuro. El buen hombre deseaba para su único hijo un futuro vacío de dificultades y, por lo visto, también de emociones.

Imagen del interior de un restaurante muy moderno

Allí estaba yo en aquel restaurante, con el estómago lleno, mirando a la calle viendo pasar a hombres y mujeres, niños y niñas, e imaginándome sus vidas. Creaba a su alrededor un halo de misterio o de miseria dependiendo de sus caras. Algún que otro transeúnte se me quedaba mirando y yo fijaba mi penetrante mirada en él con el propósito de adivinar qué era lo que estaba pensando. Más de una vez me había llevado algún que otro improperio, en el que sin saber porqué mi pobre madre, que en paz descanse, siempre se veía involucrada. Así era mi día a día, pura diversión.

Que mis sueños de juventud se vieran frustrados por las buenas intenciones de mi progenitor no significaba que mi pasión por la escritura hubiera desaparecido. Cierto es que faltó poco para hacerlo. Debo confesar que hubo un periodo de mi vida en la que dejé de escribir, la imaginación se desvaneció y mi mente estaba como abotargada sin ganas de nada. Fue una época dura, me costaba levantarme para ir a trabajar, me costaba hasta vivir.

Un buen día ordenando los papeles del despacho de casa encontré unas historias que había escrito hacía mucho tiempo y es ahí cuando me di cuenta. Necesitaba volver a escribir. Ya no pretendía ser escritor, como contable me ganaba bien la vida y no se me daban mal los números, es más mis jefes estaban muy contentos conmigo, pero escribir me ayudaba a sentirme bien. Era para mí un canal de expresión y de liberación.

Y así lo hice, cualquier cotidianeidad era buena para ser escrita, con mi bic hacía que esa monotonía diaria se convirtiera en una historia apasionante. Cualquier género me valía, el de ciencia ficción, novela negra e, incluso, alguna vez, me atreví con la literatura erótica, pero… acabé abandonando dicha opción porque solía escribir en espacios públicos y, claro, a veces me excitaba tanto con lo que narraba que me era imposible levantarme de la silla.

Me evadía tanto con la escritura que dejé de lado mi vida para crearme otra paralela. Tanto me abstraían mis historias que un día quise ir más allá. Me obcequé en conseguir que mi relato fuera un poco más real y versara alrededor de una persona elegida al azar. Y allí estaba ella, una joven sumamente atractiva de estatura media, cabellera castaña, delicados andares y unos ojos preciosos. Llevaba días viéndola pasar por la ventana del restaurante en el que solía comer día sí y día también. Y ya había escrito alguna cosa sobre ella en mi cuaderno, pero ahora quería comprobar cuánto era real y cuánto ficción.

Tras ella

Imagen de la plaza de una ciudad

Salí corriendo del restaurante y me dispuse a seguirla. Iba sola por la calle escuchando música con uno de esos auriculares tipo diadema de un rosa deslumbrante. Desde detrás la veía mover la cadera al ritmo de la melodía. Evidentemente, ella no me podía ver a mi, pero yo sí que podía apreciar como muchos hombres la contemplaban de reojo, y es que el color de los cascos y su atractiva figura hacían de ella el centro de todas las miradas. Mientras la seguía decidí ponerle un nombre. Desde ese momento la iba a llamar, Miranda, en honor a una amiga de mi hermana que de jovencito me volvía loco.

La supuesta Miranda entró en una especie de oficinas en cuyo rótulo exterior se podía leer Working in coworking. Por lo que tenía entendido éste era un espacio en el que creativos y/o autónomos, que no contaban con despacho propio, podían compartir gastos y conocimientos. Me quedé como un pasmarote delante de la puerta acristalada, intentando divisar hacía dónde iba, pero lo único que conseguí es que un joven con pinta de moderno me preguntara si estaba interesado en dicha iniciativa. Y la verdad es que, aunque mi propósito allí era otro, no pude negarme. Su gafa pasta, su pelo desenfadado, pero perfectamente peinado, su barba deliciosamente recortada provocaron en mi una tremenda curiosidad por ver lo que allí se cocía. Tras una breve presentación de su persona y de su profesión. Héctor, diseñador gráfico y web dessigner, me ofreció un tour por las instalaciones. El joven me explicó detenidamente los requisitos para poder entrar a formar parte de su equipo y los beneficios que estar en él me reportarían. Supongo que le debí parecer más que interesado porque ya daba por sentado que muy pronto podría disfrutar de las ventajas de estar en un grupo tan versátil y pluridisciplinar como ese. Lo cierto, es que lo poco que pude escuchar de aquella propuesta me agradó, o al menos, para mi álter ego, un arquitecto e interiorista enamorado del estilo vintage, sí que parecía tener cabida la idea.

Según pude ver en una especie de collage que tenían en la entrada con las fotos de los diferentes miembros, los perfiles profesionales eran muy variados, aunque casi todos versaban hacía el lado creativo y tecnológico. Estuve mirando detenidamente las quince imágenes que formaban el panel, pero mi Miranda no estaba por ninguna parte. Héctor me aclaró que esas eran todas las personas que, actualmente, trabajaban allí. No entendía nada, ¿dónde podía estar? ¿a qué se debía dedicar?

Después de un momento de confusión, llegué a la conclusión de que seguramente había ido a visitar a su novio o a su novia, o que a lo mejor ejercía como comercial, aunque no hacía mucha pinta de ello. Así que aprovechando que era viernes por la tarde y que no debía ir a trabajar opté por quedarme fuera esperando a que saliera. Las idas y venidas a esa oficina eran bastante constantes, pero de mi musa no había pista ninguna. Estuve más de tres horas sentado en un banco, leyendo una y otra vez las entretenidas informaciones del diario gratuito que me habían dado en la estación. En los Países Bajos, ante la falta de presupuesto del ejército, unos soldados se vieron obligados a imitar el sonido de los disparos con su voz durante los entrenamientos. Otra noticia recalcaba que según un estudio, olerse los pedos reconforta el alma, lo que no aclaraba si era la propia o la del otro.

En casa

Ya en casa me planté ante el ordenador dispuesto a descubrir quién era y a qué se dedicaba mi musa. A primera vista pude observar que la web de Working in coworking estaba hecha con muy buen gusto, con un diseño minimalista sin grandes florituras y un estilo claro y sencillo. Pero a mí todo eso me daba igual porque lo que yo quería era ver las caras de los que allí trabajaban. Pretendía corroborar que ninguna de las profesionales de las fotos fuera la que andaba buscando. No lo era. Estaba Nuria, Elena, Silvia, Carmen, Lola, Miriam y Diana: community manager, periodista y blogger, diseñadora gráfica, pintora, informática y programadora, arquitecta y fotógrafa. ¡Fotógrafa! Pues claro, seguro que Miranda era modelo. Pero si era modelo, también podía estar en el portfolio de Carmen, o de cualquier otro pintor o fotógrafo de allí. Estaba seguro de que había resuelto el enigma. Seguro que Miranda era una estudiante universitaria que para pagarse los estudios trabajaba como modelo artística.

¡Menuda decepción! Después de más de dos horas ojeando las innumerables obras de los tres fotógrafos y cuatro pintores no hallé a mi chica. Estaba confundido y cansado, mis pobres ojos pedían a gritos un poco de descanso. Así que decidí hacerles caso y acostarme.

Al día siguiente, ilusionado y optimista, volví a mirar la web del estudio de coworking pensando que igual el agotamiento y las diez cervezas que me había bebido la noche anterior me habían jugado una mala pasada. Pero no, ni el cansancio ni el alcohol perturbaron mi capacidad visual. Quieto ante la pantalla del ordenador e incapaz ya de plantear una nueva opción, vi en una esquina una pestaña parpadeante en la que se leía Cool Activities, o sea, actividades guays que realizan los modernetes en el centro. Y casualmente, ese mismo sábado por la mañana, hacían un concierto de un grupo desconocido llamado Los Pins & Pons. Sin casi pensarlo, cogí la chaqueta y fui para allá. Tal vez, solo tal vez, podría volverla a ver. Lo cierto es que no tenía muchas esperanzas, pero por probar no perdía nada.

De concierto

Aunque aún era pronto había ya bastante público. La sala no era muy grande debía tener un aforo de treinta personas como máximo.  En el escenario ya estaban preparados los instrumentos: una batería, un bajo y una guitarra eléctrica. Al fondo del recinto había grupitos de gente charlando y riendo entre ellos. Y, después estaba yo, más solo que la una, en un rinconcito medio escondido intentando pasar desapercibido, pero Héctor me vio. Y de inmediato, casi sin darme cuenta ya me había presentado a casi toda la plantilla como el arquitecto e interiorista interesado en formar parte de su trupe que según él era. Ahí estaba yo intentando responder a las preguntas que me hacían sobre arquitectura e interiorismo cuando, de repente, una voz nos pidió que tomáramos asiento y apagáramos o silenciáramos nuestros móviles. Héctor y una compañera suya corrieron las cortinas y de inmediato se apagaron las luces. La gente estaba expectante. Primero apareció el batería, seguido del bajista y el guitarrista. Todo el mundo aplaudía y, claro, yo no iba a ser menos. Empezaron a tocar la banda sonora de los dibujos Doraemon y unos cuantos de los presentes se arrancaron a cantarla. Sin previo aviso, los músicos dejaron de tocar dejando a los solistas de entre el público solos ante el silencio. Tras las risas de los asistentes, se oyó de fondo un ukelele, como no, el ukelele no podía faltar, no entendía esa pasión por un instrumentito que parecía de juguete.

De repente, apareció ella. ¡Oh, dios mío! No me lo podía creer, mi Miranda era la cantante de Los Pins & Pons. Me quedé casi sin aliento, con los ojos abiertos como platos, tanta fue mi emoción que como acto reflejo me agarré a la chica que tenía al lado y le grité: ¡Mira es ella! La pobre se sobresaltó y con cara de oler a mierda apartó mis manos de su hombro y su rodilla y me replicó: ¡Sí, sí es Valentina!

¿Así que se llamaba Valentina? Qué nombre más precioso, mucho mejor que el de Miranda. Valentina, le iba perfecto. Cara bonita, buen cuerpo y seguro que cantaba tan bien como tocaba el ukelele. Ooooh, el ukelele, qué instrumento más glorioso. No podía creer que mi Miranda fuera la cantante. Mi musa era artista. Estaba convencido de que tendría una voz maravillosa, de esas que te envuelven y te atrapan de inmediato. Una de esas voces difíciles de describir gracias a la gran cantidad de matices que contienen.

Se hizo el silencio más absoluto. Con la gracia que la caracterizaba, mi Miranda, empezó a dar palmas y todo el mundo la siguió. Me dejé llevar por la excitación y mi cuerpo se movía al ritmo de los aplausos y las ovaciones. Eran tantas mis ganas de escucharla cantar que tenía el cuello estirado como un lagarto al sol, los ojos se me salían de sus órbitas y la boca abierta de par en par. La sangre me hervía y el corazón me iba a cien por hora. Ya había llegado el momento, por fin, se disponía cantar.

¡Menudo chasco! Ni artista ni solista ni nada, era un espanto. Y del ukelele solo sabía tocar cuatro notas. Tenía una cara bonita, un cuerpo digno de admirar, pero una voz y un sentido del ritmo inexistentes. ¡Aquello era un horror! Mi primera reacción fue taparme los oídos y emitir un quejido de dolor. ¿Pero qué era aquello? La gente de mi alrededor se me quedó mirando y, claro, intenté disimular con una media sonrisa, pero no podía aguantar más. Aquello era como si estuvieran sodomizando a un gato con un cactus. Dios qué dolor. Sin pensarlo me levanté como impulsado por un resorte. El público me observaba, pero me daba igual, debía huir de allí. Escapar de aquel infierno. Eso sí que era más de lo que podía imaginar y aguantar. ¡Se acabó! ¡Hasta aquí podíamos llegar! Mi aventura de intentar ir más allá con los personajes de mis relatos había finalizado. La realidad era demasiado dura y cruel, prefería seguir construyendo vidas imaginarias. Eran mucho menos dolorosas.

Imagen de un micrófono

Se hizo el silencio más absoluto. Con la gracia que la caracterizaba, mi Miranda, empezó a dar palmas y todo el mundo la siguió. Me dejé llevar por la excitación y mi cuerpo se movía al ritmo de los aplausos y las ovaciones. Eran tantas mis ganas de escucharla cantar que tenía el cuello estirado como un lagarto al sol, los ojos se me salían de sus órbitas y la boca abierta de par en par. La sangre me hervía y el corazón me iba a cien por hora. Ya había llegado el momento, por fin, se disponía cantar.

¡Menudo chasco! Ni artista ni solista ni nada, era un espanto. Y del ukelele solo sabía tocar cuatro notas. Tenía una cara bonita, un cuerpo digno de admirar, pero una voz y un sentido del ritmo inexistentes. ¡Aquello era un horror! Mi primera reacción fue taparme los oídos y emitir un quejido de dolor. ¿Pero qué era aquello? La gente de mi alrededor se me quedó mirando y, claro, intenté disimular con una media sonrisa, pero no podía aguantar más. Aquello era como si estuvieran sodomizando a un gato con un cactus. Dios qué dolor. Sin pensarlo me levanté como impulsado por un resorte. El público me observaba, pero me daba igual, debía huir de allí. Escapar de aquel infierno. Eso sí que era más de lo que podía imaginar y aguantar. ¡Se acabó! ¡Hasta aquí podíamos llegar! Mi aventura de intentar ir más allá con los personajes de mis relatos había finalizado. La realidad era demasiado dura y cruel, prefería seguir construyendo vidas imaginarias. Eran mucho menos dolorosas.

FIN

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