Concurso convocado por el portal del escritor

El vecino de enfrente

Este relato lo confeccioné para un concurso que convocó El Portal del escritor a través de facebook y que debía contar una "Historia de amor durante una pandemia" y tener un máximo de mil palabras.

Lamentablemente, no gané. Tampoco me lo esperaba porque había muchas y muy buenas historias que merecían vencer. De todos modos, como estoy muy orgullosa de mi texto he decidido compartirlo con vosotrxs y agradeceros vuestros Me gusta.

Al igual que los presos de cárceles sucias y lúgubres de películas clásicas de aventuras rascan en la desconchada pared los días que llevan encerrados, ella garabateaba rabiosamente en su bloc de notas la marca de conteo número veinticinco. Aquel confinamiento se estaba alargando más de la cuenta. Y por lo que auguraban algunos epidemiólogos todavía faltaba mucho para que llegase a su fin. Se lamentaba de ello mientras miraba embobada el ordenador y los dedos medio e índice de su mano derecha se desplazaban de arriba abajo por la superficie lustrada del ratón. Toda la información giraba alrededor de lo mismo, aquel maldito virus no solo les estaba recluyendo física, sino también mentalmente. No había nada más de que hablar. Aquella pandemia había trastocado sus vidas de una manera hasta entonces inconcebible. Las calles se habían quedado vacías, pero los balcones, ventanas y terrazas se habían convertido en áreas vivas a las que asomarse para socializar. Era tal su efervescencia que, ante tal coyuntura, una famosa empresa de muebles supo sacarle rédito animando a los confinados a engalanar dichos espacios para, de ese modo, dar color a sus sitiadas vidas.

Estaba harta de aquella situación, nunca se hubiese imaginado que echaría tanto de menos ver y oír a la vecina gritona del tercero o salir a comprar. Ella que eludía los saludos por cortesía y compraba casi todo online para evitar las colas. Pues sí, ella precisaba de contacto, de conversaciones banales y de holas y adiós insípidos. Aquel recogimiento era soporífero. Estaba aburrida ya de las cuatro paredes de su dormitorio, de las cuatro paredes de su salón, de las cuatro paredes de su baño y de las cuatro paredes de su cocina. Precisaba de espacios abiertos en los que poder dar más de diez pasos seguidos y su piel y su psique exigían más sol y aire fresco. Aunque, lamentablemente, su balcón de dos por dos, situado en la séptima planta de un viejo edificio de los años 60, hacía días que se le había quedado pequeño, al menos, le servía para ventilarse un poco y cambiar de vistas. Hacía casi veinticinco días que observaba a un tipo que, al igual que ella, había cogido la costumbre de tomarse el café en el exterior mientras ojeaba el móvil. Sus balcones estaban uno enfrente al otro, pero el de él era un balcón de ensueño comparado con el suyo. Cabía una mesita de madera con una silla a conjunto y un frondoso aloe vera, además su barandilla era de cemento a media altura con un añadido, en la parte superior, de hierro forjado color rojo.

Aquel sujeto se había convertido en una especie de compañero de piso, en una figura que la hacía sentirse menos sola, menos enclaustrada y más amparada. Lo descubrió el tercer día de confinamiento. Al igual que ella, estaba solo y, pese a la coyuntura parecía sobrellevarlo bastante bien. Aprovechaba el encierro para pintar, hacer apaños, limpiar en profundidad. Lo típico. Sin embargo, tal y como iban pasando los días, aquella resignación se fue convirtiendo en apatía y oscuridad. Cada mañana lo podía ver apagándose lentamente, deambulando alicaído por la casa o derrumbándose sobre el sofá sin casi fuerzas. Con el transcurrir de los días y las semanas cada vez parecía sentirse más desanimado y entristecido, pero quién no lo estaba dada la situación.

Era ya el día veintiséis de confinamiento y nadie la acompañaba en su desayuno. Aquel día el vecino de enfrente parecía no haberse levantado. Alargó su rutina matutina con la esperanza de verlo aparecer con su chándal gris, su barba de tres días y su canoso y enmarañado cabello. Se quedó ante la ventana acechándolo desde la distancia, aguardando a que, al menos, descorriera las cortinas del comedor. Sin embargo, nada ni nadie se movían en aquella casa. Desistió de su cometido y olvidó, temporalmente, a aquel individuo que ningún caso le hacía, para atender sus obligaciones laborales y sociales. El día fue transcurriendo sin pena y sin gloria. Combinaba el teletrabajo con las videoconferencias con sus padres y amistades y las idas y venidas a la ventana del salón. Sin embargo, él seguía sin aparecer.

Imagen de la fachada de un edificio con balcones
Se fue a la cama preocupada, era raro no verlo asomado a su balcón o mirando la televisión. Tal vez se había infectado y estaba agonizando en su cama o se lo habían llevado al hospital. No, seguro que no era nada. De todos modos, poco podía hacer, no lo conocía de nada, aunque le hubiese gustado…

Al día siguiente la despertaron el gemir de sirenas, policías y enfermeros infestaban su calle. En medio del asfalto se distinguía una especie de sábana cubriendo un cadáver. Al ver aquello, un escalofrío recorrió su espinazo y de automáticamente miró hacía el balcón de enfrente, pero todo seguía igual que el día anterior. Los curiosos se agolpaban en sus balcones y se preguntaban e informaban entre ellos. Por lo que contaban, al muerto lo había encontrado un hombre que paseaba a su perro, parecía ser que se había suicidado tirándose desde el terrado. Las informaciones eran muchas y confusas, por lo que le resultó imposible saber exactamente de quién se trataba. Quedó conmocionada ante aquella escena, algo en su interior le indicaba que aquel cuerpo estampado en el suelo era el de él. Los medios locales fueron los primeros en ratificar sus sospechas. Después acudieron en masa los medios estatales sacándole rédito a dicho suceso con miles de informaciones alertando de los riesgos de la reclusión para la mente humana. Pero ninguna noticia hizo hincapié en los motivos de aquel suicidio, a nadie le preocupó saber por qué ese hombre, su vecino de enfrente, había acabado con su vida de ese modo y por qué le había sido imposible esperar un poco más. Solo una semana más. Siete días después de su muerte el gobierno decretó el fin del confinamiento. Inesperadamente, investigadores chinos habían hallado la vacuna que haría de aquel contagioso virus una triste anécdota.

FIN

Photo by mvp on Unsplash

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