Sonidos

Todos los domingos dormía menos de lo deseado gracias a los ruiditos de los vecinos. Los gritos de los niños, el traqueteo de las sillas, los tacones de la madre, la aspiradora…

Aunque los ruidos de ese domingo no eran los de siempre. Desde su cama podía percibir como en el piso de arriba, ya de buena mañana, se estaba llevando a cabo la mayor batalla de la historia. La guerra más atroz jamás narrada.

Al oír tal estruendo se despertó sobresaltada. Era increíble la poca consideración de los vecinos para con el resto de la comunidad. El ruido era ensordecedor. Después de unos minutos de escuchar los resoplidos de las Kaláshnikov, las explosiones de las granadas, los alaridos y los llantos de los heridos empezó a sentir miedo. Tras unos eternos segundos cubierta hasta los ojos con la colcha patchwork y temblando de pánico decidió armarse de valor y pasar a la acción. Con los rulos en la cabeza, su bata de franela fucsia y sus zapatillas naranja se precipitó a la escalera dispuesta a descubrir lo qué estaba pasando.

Imagen de unas escaleras

Con el rostro desencajado, los ojos abiertos como platos y las pupilas dilatadas que no paraban de moverse siguiendo la trayectoria de la metralla, fue subiendo a oscuras peldaño a peldaño tanteando la pared. El fuerte sonido parecía tan real que casi podía ver los destellos de los disparos y oler la carne quemada y saborear la socarrina. Un escalofrío recorría su cuerpo.

Al fin consiguió llegar al lugar de autos. Y justo en el momento que apoyaba la oreja en la puerta los disparos dejaron de sonar y los berridos pararon. La contienda cesó de repente, tal vez alguno de los bandos había mostrado la bandera blanca.

Los gritos de dolor se convirtieron en jadeos de placer. Era tanta la pasión transmitida por aquellas voces que casi podía notar como las manos de ella acariciaban el erecto miembro de él. La excitación se apoderó de su cuerpo, hacía mucho tiempo que no tenía esa sensación. Se desabrochó la bata y empezó a acariciarse los pechos, sus pezones necesitados de amor se pusieron duros de inmediato y ya cuando su mano estaba a punto de invadir su fortaleza, allí en medio del rellano totalmente a oscuras, se hizo el silencio. Los placeres carnales se desvanecieron.

Al darse cuenta de lo que había pasado se sintió avergonzada, se abrochó la bata mientras miraba alrededor. ¿Qué había sido todo aquello? El vacío se apoderó del edificio. Allí estaba ella, inmóvil ante la puerta del vecino, incapaz de reaccionar. Un ruido en la portería la despertó de su ensoñación. La luz se encendió y ella se dispuso a bajar a toda prisa, como si nada hubiera pasado, como si de un domingo cualquiera se tratara…

FIN

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