Gracias a ti, ya no soy la misma

Gracias a ti, ya no soy la misma

Ya no soy la que era. He crecido, soy mucho más persona. Y todo ha sido gracias a él, a mi hijo. Las que sois madres sabéis muy bien de lo que os hablo. Y es que la maternidad me ha cambiado

La paciencia nunca ha caracterizado mi personalidad, más bien todo lo contrario. Asimismo, soy una persona de fuerte temperamento que se enciende rápido cual fósforo, aunque después esa llama se apague fácilmente con un poco de viento que sople.

Actualmente mi tesoro me está enseñando que la impaciencia es mala consejera y la irritación una pésima compañera de vida. Y no es que no supiera que ambos defectos me perjudicaban e impedían mi crecimiento personal. Era consciente de ello, lo que pasa es que nunca me di tanta cuenta como ahora de que dichas carencias no llevan a ninguna parte y que nunca ayudan a conseguir un ambiente de paz y entendimiento. Especialmente, cuando de mediar con un niño o niña se trata. Porque él o ella no entiende de celeridades y porque los gritos dañan su inocente corazoncito y son contraproducentes.

Sé que es muy complicado tomárselo con calma cuando tenemos tantas cosas que hacer y tan poco tiempo y/o cuando vemos que llegamos tarde al trabajo, pero creo, e intento aplicármelo a mí misma cada día, que es necesario planteárselo de otro modo. Sobre todo, mucha serenidad y saber que si lo que pretendemos es salir antes de casa hay que enfocarlo diferente. Son muchos los profesionales de la psicología y la psicopedagogía que aconsejan basarse en el juego. Se pueden hacer muchas cosas, yo, por ejemplo, intento salir de casa cantando, o le propongo que se encargue de encender él la luz de la escalera y abrir la puerta del rellano, -ahora están en una edad que lo quieren hacer todo ellos solos, la pena es que cuando crecen ya no están tan predispuestos o, al menos eso dicen-; o le animo a ir saltado o corriendo hasta la guardería.

Debo confesar que no siempre me funciona, hay veces que el pobrecito está cansado o se ha levantado con el pie izquierdo como le puede pasar a cualquiera. Pero lo que sí que no me funciona nunca son el enfado y los chillidos. A veces, cuando mi enojo está en plena ebullición y va aumentando de grados sin darme cuenta, de repente miro su carita y veo que no entiende qué me pasa. En ese momento es cuando me doy cuenta de lo ridículo que está siendo mi comportamiento y el mal ejemplo que estoy siendo para él. Y cuando ya me derrito del todo es cuando me dice con su dulce vocecita: ¿mamá está contenta? ¿sí? ¿enfadada? ¡noooo! Ahí, caigo rendida a sus pies. No olvido el motivo de mi enfado, entendiendo que este se debe a algo que no ha hecho bien, pero le pido disculpas por mis bramidos y cambio totalmente mi tono. Ante dicha transformación, él también responde y está más abierto a lo que le propongo.

Siendo sincera, debo decir, que aunque poco a poco soy cada vez más paciente y menos iracunda. Estas características son intrínsecas a mi persona, - genio y figura hasta la sepultura, el genio seguro que sí, lo de la figura ya no lo veo tan claro,- y no creo que las pueda erradicar de un día para otro. Pero voy aprendiendo a vivir con ellas e intento no flagelarme cuando mi mal humor se apodera de mi raciocinio porque sé que soy persona y como tal me equivoco. Por eso, pido disculpas y guardo ese mal comportamiento en mi memoria para intentar evitar que vuelva a ocurrir.

Bienvenida

Otra cosa que debo agradecerle a mi hijo es el retorno de algo creía perdido en mi adolescencia. Mi imaginación. Gracias a él ahora sueño de nuevo despierta, en todo momento intento crear historias para poder contárselas. Me siento inspirada. Tengo nuevas ideas y proyectos y eso me alegra porque pensaba que mi inventiva se había esfumado. Ahora lo único que me falta son horas del día, pero no me preocupa, siempre y cuando signifique que ese tiempo lo paso con mi pequeño, porque sé que los momentos que estoy con él nunca son perdidos.

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