La mujer llorona

La mujer llorona

Encontró entre las hojas de uno de sus blocs de notas varios recortes de distintos periódicos locales, publicados en fechas diferentes, en los que se explicaba el caso de una mujer de unos setenta años que sufría una rara patología que los médicos decidieron denominar el llanto sin fin. Y es que por lo que contaban las informaciones, una señora de un pueblecito de Zamora había empezado a llorar de repente y no se sabía por qué no podía cesar en su llanto.

Según describían los diarios, la mujer llevaba más de cuatro meses llorando sin cesar. Su hija la encontró la mañana de un 20 de marzo, casualmente Día Internacional de la Felicidad, sentada en la cocina sollozando desconsoladamente con los ojos hinchados y rodeada de pañuelos de papel usados en el suelo. En primera instancia pensó que su desconsuelo, tal vez, era porque había estado cortando cebollas, pero no había señal alguna de dicha actividad a su alrededor. Por más que le preguntaba que qué le pasaba, a su pobre madre le era imposible contestar y aún gimoteaba más.

De inmediato la joven la llevó a su médico de cabecera, pero no le encontró ninguna dolencia física. En un principio la enviaron al oftalmólogo por si sufría de sequedad, conjuntivitis o blefaritis. Tras muchas pruebas, los especialistas resolvieron que sus ojos estaban en perfecto estado y que posiblemente su problema era más mental que visual. La pobre mujer acabó en manos de numerosos psiquiatras y psicólogos, que tras innumerables pruebas de neuroimagen, tests de evaluación e intentos fallidos de hipnosis regresiva fueron incapaces de determinar su trastorno. No sin antes prescribirle cantidades ingentes de pastillas de todos los colores y tamaños que lo único que consiguieron fueron aturdirla y atontarla, pero no aplacar sus lágrimas.

Los días pasaban y la señora continuaba gimiendo, nada la consolaba. Harta ya de tantas visitas médicas y pruebas sin resultados, su hija decidió dejar a su madre llorar tranquila. Determinó pues, ser ella la que intentase aliviar su pena. Lo primero fue quitarle el televisor por si eran sus pésimos contenidos los causantes de tanto dolor, al ver que no conseguía mejora alguna, optó por decorar un poco su vieja casa con cortinas de alegres colores, flores frescas y plantas de interior para que ayudasen a oxigenar el espacio. De nada sirvió.

Y llegaron ellos...

El caso de la mujer llorona transcendió a los medios que, de inmediato, se hicieron eco de su desgracia a través de entrevistas a familiares, testimonios de la localidad y consultas a profesionales. La casa se convirtió por un tiempo en zona de peregrinaje de curiosos y gente de buena fe que esperaba poder ayudar a la mujer contándole chistes o haciendo numeritos esperpénticos ante ella. Al final, todos los que la visitaban acababan llorando a moco tendido a causa de lo pegadizo del llanto, como si de un bostezo se tratara.

La Iglesia también quiso tomar cartas en el asunto porque tal vez su alma necesitara liberarse de sus pecados. El cura del pueblo acudió presto, ataviado con sus vestiduras eclesiásticas con el objetivo de confesarla y sanar su espíritu. Sin embargo, la mujer al verlo ante ella con la sotana y el crucifijo todavía lloraba más angustiosamente. Al observar su reacción, algunos miembros de la Iglesia hablaban ya de posesión demoniaca y es que por lo visto el diablo es capaz de poseer el cuerpo y el alma de cualquier persona y aún con más facilidad el de una mujer mayor, debido a su debilidad y perversión por ser hembra, y la senectud de su mente por ser de avanzada edad. Fue tal la repercusión de la mujer llorona que incluso una conocida marca de pañuelos de papel al enterarse de su caso le mandó gratuitamente una caja con más de mil paquetes de sus mejores sonadores. La hija agradeció el detalle, a pesar de que hacía ya días que había optado por los pañuelos de tela.

La mujer llorona se convirtió durante semanas en el foco de atención de todo el país. Las personas de bien acudían a su casa convencidos que podrían sanarla. A su puerta llamaron curanderos, videntes y demás charlatanes dispuestos a llevarse su minuto de gloria. Los medios de comunicación lanzaban teorías descabelladas a diestro y siniestro. Un día culpaban a la hija de haber provocado en su madre dicha aflicción a causa de su mala vida y otro, despertaban de su tumba a un tío de la señora acusándolo de abusos sexuales cuando ésta era pequeña. Ante tal despropósito, al final la hija decidió aislar a su madre y marchar a un país extranjero. Ya nunca más se supo. Los medios dejaron de desinformar sobre dicho tema y la gente de bien dejó de peregrinar y continuó con su vida como si nada.

Avión en pleno vuelo dirección a tierras muy lejanas

Hacía ya mucho tiempo de aquella noticia, ¿qué habría sido de aquella mujer? ¿Habría muerto ya?, ¿seguiría llorando?, ¿habría muerto llorando? Al pensar en ella le entraron ganas de llorar, pero se resistió con todas sus fuerzas porque tuvo miedo de no poder contener sus lágrimas al igual que la mujer llorona de cuyo llanto sin fin nunca más se supo.

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