El viejo cochecito rojo

El viejo cochecito rojo

La idea de este relato surgió una noche en la que mi niño no se podía dormir y quería que le contara un cuento de coches. Parece que a él le gustó, aunque no se lo pude explicar todo entero porque se durmió antes. Espero que también te guste y, por favor, no te durmas.

A su alrededor estaba todo oscuro, lo habían metido en una vieja caja de zapatos junto con otros juguetes en desuso. No se hubiera imaginado nunca que un coche como él acabaría en un sitio como ese. Él que había sido el primer y mejor regalo de Carlos, el papá del ahora su dueño. Qué bien se lo pasaba con Carlitos, juntos subían montañas, bajaban por pronunciadas pendientes, rodaban por caminos de arena… Los delicados deditos del entonces su propietario lo empujaban para que se deslizara rápidamente por la carretera del parking rojo y amarillo que le había regalado su tía Eulalia. Aquello sí que era vida, el pequeño se lo llevaba a todas partes. Con él había conocido mundo, había visto el mar, los rascacielos de la ciudad, los animalitos del bosque, incluso, había subido en un avión. Como echaba de menos aquella época.

Ahora todo era diferente. Carlos ya se había hecho grande y ya era papá, por eso le había regalado a su hijo el cochecito con el que él tanto había jugado de pequeño. Le había contado que ese cochecito, aunque ahora estaba un poco usado, había sido el mejor regalo que nunca le habían hecho. Se lo trajeron los Reyes Magos cuando tenía ocho años. Con él había vivido muchas aventuras y esperaba que ahora su pequeñín disfrutase tanto como lo hizo él. Se lo entregó en su cajita original, un estuche de color azul con letras naranja que en la parte superior llevaba un plástico transparente para que se pudiera ver bien el contenido.

El travieso Tai se alegró mucho al verlo y en seguida quiso ponerse a jugar con él. Ya en el primer intento rompió la lengüeta del estuche, lo sacó torpemente y empezó a rodar con él por encima de los muebles. Rum, ruuuummm, pipiiiiii, gritaba el pequeño mientras lo lanzaba por encima de la mesa del comedor dejándolo caer al suelo estrepitosamente. Su padre lo miraba riendo, al tiempo que le pedía que fuese más cuidadoso con el pobre cochecito. Sin embargo, el niño emocionado no podía escuchar nada más que el rugir del motor y el pitido del claxon.

Finalmente, la cajita acabó aplastada en el suelo, con el plástico despegado. Un precedente de lo que podía ser su final más cercano. A pesar, de esos malos presagios, él se lo estaba pasando fantásticamente, hacia ya mucho que no disfrutaba tanto. Estaba un poco oxidado de estar tanto tiempo en punto muerto, pero de inmediato sus ruedas se agarraron al parqué y rodaron como nunca. Los días siguientes fueron geniales, el pequeño se lo llevaba a todas partes. Era su primer y único cochecito y quería estar a todas horas con él. Era como rememorar tiempos pasados. Aunque los movimientos del chiquillo eran menos sincronizados y más bruscos, en seguida se acostumbró a los choques contra la pared y a las caídas de gran altura. Era normal, la criatura solo tenía tres añitos y debía aún mejorar su psicomotricidad. Todo era perfecto, Tai y él mano a mano, rodando sin parar por aceras, toboganes y barandillas pegajosas…

Un día vinieron de visita unos familiares y le trajeron al benjamín de la casa un regalito. Era una caja enorme, envuelta con un papel rojo, lleno de perritos, gatitos y tortuguitas. El niño lo abrió apresuradamente rompiendo el papel. ¡Alaaaaaaaaa! Y se quedó boquiabierto con los ojos como platos viendo la cantidad de vehículos que había en la caja. Aquello tenía de todo, unos seis coches de carreras de diferentes colores, tres camioncitos pequeños, tres más de grandes, una grúa, una apisonadora, una ambulancia, un coche de bomberos, dos motos, un helicóptero y un avión. Su primera reacción al ver tantos cachivaches fue abrir la mano donde lo llevaba a él dejándolo caer al suelo. Ahí se quedó toda la tarde dando tumbos por el suelo hasta que la mamá lo recogió y lo puso sobre la mesa. Tai ya no le volvió a hacer más caso.

Sus papás, pasada ya una semana, al ver que su hijo no quería saber nada del viejo cochecito rojo decidieron guardarlo en la desvencijada caja de zapatos donde se apilaban los trastos con los que, por el momento, ya no jugaba el niño. Allí pasó los fríos días de invierno, en la oscuridad más absoluta soñando en épocas pasadas. Muchas noches tenía pesadillas en las que aquellos nuevos coches lo acorralaban con los capós abiertos y los faros encendidos. Sus motores rugían ferozmente mientras le daban golpecitos amenazadores. Le era imposible escapar de esos diablos con ruedas, cada vez lo tenían más arrinconado. Querían pasar por encima de él y aplastarlo, pero nunca lo conseguían, no por falta de ganas, sino porque se despertaba antes. Estaba muy triste, sus días felices fueron fugaces. Entendía que era muy difícil competir con aquellos impresionantes juguetes. Su carrocería brillaba, eran de llamativos colores, los más grandes tenían luces e, incluso, sonido. Algunos, simplemente con un poco de impulso, rodaban solos a gran velocidad e, incluso, derrapaban y daban giros sobre si mismos. Él, en cambio, había perdido su luminosidad, el rojo pasión de su armazón ya no brillaba como antes, sus puertas no se abrían ni sus faros se encendían y para deslizarse necesitaba siempre ayuda. Él era un coche sencillo, normal, sin más características que las que la imaginación podía atribuirle.

¡Por fin el buen tiempo!

Llegó la primavera y las tardes al aire libre fueron haciéndose otra vez habituales. Una de estas, Tai y sus primitos, unos años más mayores que él, quedaron un sábado para hacer una carrera de coches en la terraza de uno de ellos. Antes debían preparar el espacio. Para ello, recogieron piedras, con una caja de cartón hicieron una especie de túnel, con plastelina de colores moldearon una montaña y con piezas de madera montaron un puente. En el punto de salida, pintaron, a la misma altura, cuatro cuadrados, uno para cada coche, después con piedras trazaron el recorrido de la carretera, como no tenían suficientes fueron intercalándolas con piezas de construcción. En medio del recorrido colocaron el túnel, un poco más adelante pusieron la montaña y unos metros antes de la meta instalaron el puente. En el punto de llegada dibujaron un gran cartel con la palabra meta escrita en mayúsculas y cada uno de ellos puso dos juguetes que ya no usaba para que el ganador escogiera uno de los ocho.

Tras tantos preparativos, por fin llegó la tarde del sábado, Tai estaba muy excitado tenía muchas ganas de ganar la carrera, sabía que lo importante era participar, pero él quería quedarse con un juego que su primo Tomás. Para ello, escogió sus mejores coches de carreras, les sacó brilló y los guardó en su mochila. De todos los vehículos que le habían regalado ya no le quedaban más que tres, el resto o bien se habían perdido o se habían ido rompiendo. Todos los coches ya estaban en el punto de salida, el de Tai estaba en el cuadrado número tres. El inicio de la carrera lo daría el papá de Nicolás, debía contar hasta tres y explotar un globo. Tras varios intentos fallidos. Por fin consiguieron salir todos al mismo tiempo. La dinámica de la carrera consistía en ir lanzando los bólidos hasta llegar a la meta.

Al poco de empezar, con la fuerza del empuje el coche de Tai chocó con una piedra y perdió una rueda. No se lo podían creer, el pequeño estaba a punto de llorar, mientras que sus primos se desternillaban de la risa. Sin perder tiempo, su mamá le dio otro coche. De nuevo, todos en la salida, el papá de Nico contó hasta tres y los autos empezaron a rodar frenéticamente. Desgraciadamente, de nuevo tuvieron que anular la carrera, sin querer la prima Cloe le había dado un codazo a Tomás y le había hecho un poco de sangre en la boca. Mientras todos atendían al dolorido Tomás, el benjamín del grupo, se acercó a su madre disimuladamente y le pidió cambiar de coche, el que estaba usando no rodaba bien. Su asistente en carretera revisó los bajos del carro y, efectivamente, se habían torcido los ejes de las ruedas. Aquello no tenía arreglo. Tai estaba triste porque de los tres coches que había llevado solo le quedaba uno.

Por tercera vez empezaron la carrera, todo parecía ir bien, los motores rugían con fuerza y los coches parecía que volaran. El público animaba entusiasmado. Pero, de repente, al pasar por el puente el coche de Nicolás colisionó con el de Tai. Ambos saltaron por los aires acabando, uno aterrizando encima de uno de los cactus que tenían en la terraza y el otro chocando contra la pared rompiéndose en dos. ¡Ooooooh, noooooo!, gritaron los allí presentes. Los dos se pusieron a llorar, uno porque no sabía cómo sacar su coche de aquel infierno de pinchos y el otro porque se había quedado sin coches con los que competir. Nicolás fue fácil de consolar porque su padre en seguida sacó el vehículo de entre las afiladas agujas de aquella planta con unas pinzas de la barbacoa. Sin embargo, Tai no podía para de llorar mientras balbuceaba: ¡Mis cocheeeees, la carreraaaaa…! Su mamá, metió la mano en el bolso y como por arte de magia sacó de su interior el viejo coche rojo que su papá le había regalado. El niño calló de inmediato, no podía creer lo que estaba viendo. Según explicó su mamá, decidió coger aquella reliquia en un momento de lucidez porque, a su parecer, los coches de ahora son muy bonitos y modernos, pero los de antes son más resistentes. A Tai, los motivos le daban igual, solo podía pensar que esta era su única oportunidad de hacerse con el juego de su primo.

Como ya era muy tarde, las mamás y los papás les advirtieron que esa sería ya la última carrera que harían. Sin más preámbulos, el papá de Nicolás, dio la salida con un fuerte ¡Yaaaaaa! Los bólidos salieron escopeteados como si llevarán reactores en su parte posterior. Tomás y Cloe se disputaban los primeros puestos, mientras que Nicolás y Tai se intercalaban la tercera y la cuarta posición.

El viejo coche rojo estaba dándolo todo, rodaba como un verdadero campeón. Estaba tan contento de ver de nuevo la sonrisa del chiquillo que se olvidó por completo de sus dolores de ruedas y ejes. Por fin llegó a la meta, la tercera posición le supo a gloria. Había llegado al mismo tiempo que el súper bólido del primo Nicolás. Tai, a pesar de no haber ganado, estaba pletórico porque había conseguido acabar la carrera y lo había hecho con el cochecito que su papá le había regalado y, además, como lo había hecho tan bien su primo Tomás le había regalado el juego de pintar que tanto le gustaba.

Al llegar a casa, el pequeñín se echo en brazos de su padre y le contó todo lo que había pasado aquella tarde. Mientras lo hacía tenía en sus manos, su viejo cochecito rojo, que a pesar de sus años se había comportado como un verdadero bólido de carreras. Después de aquella heroica tarde el viejo coche rojo ya no estaba para muchos trotes y el pequeño y su papá decidieron darle un merecido descanso. Para ello, le fabricaron una especie de pedestal con un número uno pintado en su parte delantera y la fecha de la carrera en la posterior y lo colocaron en la estantería de su habitación para que todos sus amiguitos lo pudieran admirar. Desde allí arriba, el viejo coche rojo podía ver cada día al pequeño Tai y escuchar sus aventuras como si fueran suyas. El viejo cochecito rojo estaba feliz con su nueva vida porque después de aquella heroica tarde, ya no dormiría más en una oscura caja de zapatos.

FIN

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