Un día cualquiera de confinamiento

Aquí tienes mi 2ª historia de pandemia, la cual ha ido creándose conjuntamente con las Stories de Instagram

Hoy es una mañana cualquiera de confinamiento y yo, como siempre, desde hace cuatro semanas, estoy en el parque paseando un poquito a mi perro para después encerrarme en casa. Los parques donde antes había niños y niñas jugando, ahora están precintados y vacíos. Solo el alegre trinar de los pájaros ocupa el espacio.

Me dejo conducir por mi perro, mientras me pregunto cuánto más podremos aguantar y me sorprendo respondiéndome de manera ambivalente. Una lágrima se resbala por mi mejilla a la vez que una tímida sonrisa se insinúa al notarse acariciada por los rayos de sol. Dispuesta a seguir con mi optimismo resignado me pongo los cascos y con un sencillo movimiento de mi dedo índice dejo que mi lista de reproducción inunde mis oídos. La música me acompaña hacia casa. El ritmo y la inexistencia de gente alrededor me animan a tararear las letras e, incluso, a mover acompasadamente los pies y dar algún que otro torpe giro. ¡Soy la reina del parque! Al menos mientras no aparezca alguien más paseando a su perro.

Voy andando rítmicamente, cuando, de repente, en una de las calles adjuntas veo algo que llama mi atención. Dos jóvenes, hermanos creo, sacan una sábana blanca y parecen colgarla. Parecen gritar algo y, de inmediato, del balcón de enfrente aparece una mujer de unos ochenta años con la bata de andar por casa. El chico y la chica claman alegremente, no oigo lo que dicen, pero la mujer mayor parece estar emocionada, se tapa la cara y ríe a la vez. Al poco, aparecen un hombre y una mujer, entiendo que son los padres de los jóvenes, que junto a ellos aplauden y vitorean. La anciana sonríe y con un pañuelo de tela parece secarse las lágrimas.

Dejo de curiosear porque veo que alguien se acerca con su mascota y me da vergüenza que me vea pegada a la pared cotilleando. Me voy con las ganas de saber qué ponía en aquella sábana, aunque, lo cierto, es que ya me lo imagino. Seguramente aquella mujer mayor sería la abuela de los chavales que la estaban felicitando por su cumpleaños.

Ya en casa ojeando mis redes sociales encuentro por casualidad unas imágenes que me son familiares. ¡Son los jóvenes del balcón! Como no podía ser de otro modo, lo habían grabado todo y lo habían subido a Instagram. Me emociono al verlo, pero aún más al leer la verdadera historia. Y es que la cosa no era del todo como yo pensaba.

Según contaban el chico y la chica, cito textualmente: Hoy hemos celebrado desde nuestros balcones el cumpleaños de la señora Conchita, ahí donde la veis la Sra. Conchita ha vivido una guerra y una posguerra y nunca nunca se hubiese imaginado que también viviría esto. La Sra. Conchita no tiene a nadie, perdió a su marido hace años y sus hijos también murieron hace tiempo. Para nosotros es como una abuela, por eso hoy en su octogésimo segundo cumpleaños hemos querido felicitarla por todo lo alto y desde las alturas, nunca mejor dicho.

Más tarde uno de nosotros, como siempre hacemos, iremos a verla protegidos con nuestra mascarilla y nuestros guantes, para darle un trozo del pastel, hecho con remolacha porque la Sra. Conchita tiene un poco de azúcar, que hemos cocinado para ella.

En la grabación se mostraban sus caras emocionadas, la Sra. Conchita no dejaba de llorar. También se presentaba el texto pintado en la sábana: ¡Felicidades Sra. Conchita, la queremos mucho! ¡No deje que este maldito virus la deprima y la venza, usted ha vivido mucho para que un simple bichito la gane!

¡Qué bonito todo! ¡Cuánto amor! Además la historia estaba amenizada por una las canciones de Luís Eduardo Aute. ¡Menos mal! Menos mal que los chavales no decidieron poner el Resistiré del Dúo Dinámico, -¡qué hartita estoy de esa canción!-, y optaron por una de este cantautor, que hace poco nos dejo. No soy una experta en su discografía, pero he de decir que la elección me pareció muy acertada, entendí que era una de las canciones preferidas de la anciana. La letra de la pieza rezaba tal que así: "Hay algunos que dicen/ Que todos los caminos conducen a Roma/Y es verdad, porque el mío/Me lleva cada noche al hueco que te nombra…"

Visualicé una y otra vez aquel vídeo, leí reiteradamente aquel texto. Tanto me enterneció que hasta me lo guardé y lo compartí. Al día siguiente, como cada mañana, fui al parque a pasear a mi perro, pero esta vez alargué el recorrido porque la curiosidad me pudo y me obligó a acercarme a aquel balcón y leer en directo aquellas palabras de aliento. Mientras admiraba el lienzo salió a su pequeño mirador la Sra. Conchita, que parecía necesitar releer las palabras allí pintadas para seguir con su día a día. Intenté disimular, pero no pude evitar decirle: ¡Buenos días y felicidades con retraso Sra. Conchita! Y ella me miró tiernamente y respondió: ¡Buenos días y gracias joven!

FIN

4 comentarios en “Un día cualquiera de confinamiento”

  1. La part positiva de aquest temps que ens toca viure és l aprenentatge que farem .Jo, simplement anant a comprar, he establert un vincle encara més profund amb alguns dels meus veïns.
    La Conchita podria ser un d’ells…i
    Abraçades per tots

    • De tot es pot treure alguna cosa bona, com ahir parlava amb algunes mares per whatsapp. Ara que els nens no van a l’escola ja no poden agafar polls i també s’ha acabat la sorra a les sabates i, després a casa 😛 siempre positivo, jejeje

  2. M’ha agradat molt! ¿La història de la sra. Conxita te l’has inventada? perquè pareix molt real; tota la narració és molt viva i real.

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